El 5 de enero de 1926 quedó grabado para siempre en la historia de Pichilemu. Ese día, entre banderas, petardos, fanfarrias y la expectación de vecinos llegados desde los rincones más apartados de la comuna, el primer tren de pasajeros arribó oficialmente al balneario, sellando el término de una obra largamente esperada y soñada durante más de seis décadas. Con el arribo de la locomotora, vino el ingreso definitivo de Pichilemu a la red nacional, al progreso y a una nueva etapa de su desarrollo histórico, social y económico.
Hasta bien entrado el siglo XX, llegar a Pichilemu era una verdadera odisea. Desde Palmilla o Alcones, según avanzaba la construcción del ramal desde San Fernando, los viajeros debían continuar en coches o carretas, enfrentando caminos polvorientos en verano y prácticamente intransitables en invierno. Las lluvias cortaban rutas, los esteros crecían y la costa quedaba aislada durante semanas. Esta situación afectaba directamente al desarrollo de la localidad y de la nueva comuna. La Municipalidad de Pichilemu lo expresaba con claridad en un oficio enviado al Ministerio de Obras Públicas en 1896: “En la situación actual el ferrocarril de San Fernando a Alcones no produce las ventajas que está llamado a proporcionar… principalmente porque las cargas tienen que sufrir un recargo muy considerable de flete”. La solución parecía evidente: llevar el tren hasta la costa, rompiendo ese aislamiento, conectando a la comuna con San Fernando, Santiago y el resto del país, transformando para siempre la relación de Pichilemu con su futuro.
Un sueño que tardó más de 60 años
La historia del ferrocarril a Pichilemu no comenzó en 1926. Sus orígenes se remontan al siglo XIX, cuando el ferrocarril llegó a San Fernando en 1862 y rápidamente surgieron propuestas para prolongarlo hacia la costa. Ingenieros, parlamentarios y autoridades debatieron durante décadas diversos trazados: desde proyectos que buscaban unir Palmilla con Matanzas, hasta rutas que pretendían atravesar Nilahue o Peralillo. Enrique Meiggs, uno de los grandes ingenieros del siglo XIX, ya había sugerido la conveniencia estratégica de unir el interior agrícola de Colchagua con el mar. Muchas de estas iniciativas quedaron en el papel, otras se perdieron incluso en el incendio del Congreso Nacional de 1895, como fue el plan del ingeniero Guillermo Bobilier, retrasando aún más una obra que parecía no concretarse nunca.
La construcción efectiva del ramal costero estuvo marcada por enormes dificultades técnicas y humanas. Romper la dura piedra de la Cordillera de la Costa, levantar terraplenes sobre profundas quebradas y abrir túneles en condiciones extremas exigió un esfuerzo titánico. Miles de obreros, muchos de ellos reclutados desde el sur del país y conocidos como carrilanos, trabajaron en faenas durísimas, enfrentando accidentes, enfermedades y la precariedad propia de la época.
Entre todas las obras del ramal, el Túnel El Árbol se convirtió en su símbolo mayor. Con casi dos kilómetros de longitud, fue el túnel ferroviario más largo de Chile y Sudamérica en su tiempo. Iniciado en 1900 y terminado en 1904, su construcción requirió cálculos de gran precisión: cuando las cuadrillas que trabajaban desde ambos extremos se encontraron en el centro del cerro, la diferencia fue de apenas centímetros, una proeza para la ingeniería de comienzos del siglo XX. Este túnel no solo permitió el avance definitivo del tren hacia la costa, sino que se transformó en un hito patrimonial, reconocido décadas después como Monumento Nacional, al igual que estaciones, puentes y estructuras asociadas al ramal.

El tren no puede entenderse sin la figura de Agustín Ross Edwards. Empresario visionario y principal impulsor del desarrollo de Pichilemu como balneario, tras el fracaso de su proyecto portuario, Ross comprendió que sin conectividad no habría turismo ni progreso sostenible. Utilizó su influencia política, económica y mediática para promover los estudios, apoyar los proyectos y mantener viva la idea del ferrocarril, convencido de que esta obra era clave para el futuro de la ciudad.
Si bien el 5 de enero de 1926 marca la llegada oficial del tren a la localidad de Pichilemu, el ferrocarril había arribado a la comuna —entendida entonces como unidad político-administrativa— mucho antes. Desde la década de 1880, la vía férrea fue avanzando progresivamente hasta las estaciones de Población (hoy comuna de Peralillo), Marchigüe, Alcones y Cardonal —estas tres últimas pertenecientes a la actual comuna de Marchigüe—, para luego alcanzar El Lingue y, finalmente, Larraín Alcalde, antesala inmediata del balneario, pasando antes por los túneles El Árbol, La Viña y El Quillay.

El día de la llegada: una fiesta popular
La llegada del tren el 5 de enero de 1926 fue celebrada como un verdadero acontecimiento histórico. La locomotora, adornada con banderas, avanzó entre estaciones donde se sumaban más adornos y pasajeros. Al llegar a Pichilemu, el estruendo de los petardos y el entusiasmo popular acompañaron el arribo del convoy, recibido por autoridades, vecinos, comerciantes y trabajadores que veían en ese momento el inicio de una nueva etapa de prosperidad. “Su intensa fumarola era rota por los vientos que cruzan Las Vegas… un pitazo ensordecedor sumado al ruido de petardos quebró el silencioso pastar de animales costinos”, escribía Don Antonio de Petrel en 1986. En El Mercurio se escribió: “En la población de Pichilemu se ostentaban numerosos edificios embanderados y un crecido número de personas aguardaba en la estación la llegada del tren”.
Durante décadas, el tren fue parte esencial de la vida pichilemina. Transportó pasajeros, productos agrícolas, sal, pescado y materiales de construcción. Permitió que comerciantes viajaran, que estudiantes se trasladaran y que familias completas conocieran la costa. Los domingos, especialmente en verano, los trenes excursionistas llegaban repletos de visitantes que bajaban con canastos, meriendas y ganas de disfrutar del mar. El turismo en Pichilemu dejó de ser exclusivo y se volvió popular.
Junto al tren surgieron oficios ligados a la estación: corteros, cargadores, personal ferroviario y comerciantes que vivían del movimiento constante de pasajeros. La estación se convirtió en un punto de encuentro social, un espacio donde se cruzaban historias, despedidas y reencuentros.
Con el paso del tiempo, el auge del transporte carretero y las decisiones del gobierno central, especialmente aquellas del régimen militar del general Pinochet, fueron debilitando el servicio ferroviario. En marzo de 1986, el tren de pasajeros dejó de llegar a Pichilemu, marcando el fin de una era. Muchas estaciones fueron abandonadas o desmanteladas, y el ramal quedó en silencio.
Sin embargo, la estación de Pichilemu logró sobrevivir gracias a la acción de vecinos y gestores culturales que impulsaron su declaratoria como Monumento Histórico. Tras un incendio y un proceso de restauración, el edificio se transformó en Casa de la Cultura y oficina de turismo, manteniendo viva la memoria ferroviaria.

Cien años después
A un siglo de la llegada del tren, Pichilemu recuerda no solo una obra de infraestructura, sino una historia de esfuerzo colectivo, visión de futuro y profundo impacto social. El ferrocarril fue un símbolo de integración territorial, de modernidad y de esperanza.
Hoy, cuando se habla de conectividad, descentralización y desarrollo equilibrado, la historia del tren a Pichilemu vuelve a cobrar sentido. Recordar estos cien años es reconocer a los carrilanos, a los vecinos, a los soñadores y a quienes entendieron que el progreso solo es verdadero cuando llega a todos los territorios.
El tren ya no llega a la estación, pero su huella sigue marcando la identidad de Pichilemu y su gente. Y en esa memoria, el silbato de la locomotora aún resuena, recordándonos que hubo un tiempo en que el futuro llegó por rieles hasta la laguna Petrel, muy cerca de la orilla del mar.

